No me gusta coleccionar amigos.
Ni me gusta que me coleccionen.
Llamo amigo a la persona que lo merece y que puede cargar con el título.
Miss Amistad, Mister Amistad.
Si eso sucede, bajo puentes, abro candados, puertas, ventanas y le regalo mi confianza. Podría caminar sobre hielo picado por una persona que se gane mi confianza.
Cuando eso se rompe, cuando ya no lo veo como alguien en quien confiar, a quien acudir, con quien contar, para quien estar, a quien amar, me voy alejando.
Nace un silencio, una distancia que crece y crece.
Sin que yo me de cuenta, no es a propósito, simplemente sucede.
Un día, Miss Amistad o Mister Amistad la vuelve a cagar y resulta que ya dejé de confiar, de acudir, de contar, de querer estar, de amar.
Levanté el puente, cerré los candados, tranqué las puertas, las ventanas.
Hoy, después de muchas cagadas, tengo la certeza que perdí una amistad o, mejor dicho, una amistad me perdió a mí.
Queda el fantasma, la silueta, el perfume del pasado.
Y también el dolor, ese dolor que mucho me temo hará que lo extrañe siempre.

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